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San Antonio María Claret
Antonio María Claret nació el 23 de diciembre de 1807 en Sallent, en la provincia de Barcelona en España.
Durante su juventud, Antonio María Claret destacó como tejedor en la fábrica textil de su padre. Cuando le dijo a su padre que deseaba dejar el negocio familiar para ser sacerdote, su padre lloró.
Antonio María Claret fue ordenado sacerdote el 13 de Junio de 1835.
Su primer destino fue la parroquia de Santa María en Sallent, la parroquia del pueblo donde había nacido. Fue aquí donde Antonio María Claret dirigió sus esfuerzos hacia los pobres, ayudándolos a vivir sus vidas con fe, amor y esperanza en Dios.
En 1839, a la edad de 31 años, el padre Claret viajó a Roma donde ingresó, brevemente, en el noviciado jesuita. Y empezó a escribir. Pero en Roma, su dilema vocacional seprofundizó. Una señal lo convenció de volver a España.
Nombrado, a su vuelta, misionero para toda la región de Cataluña, su predicación se volvió legendaria: día tras día, ciudad tras ciudad, sermón tras sermón, viajando por toda Cataluña a pie, nunca llevando nada consigo salvo el espíritu, siempre confiando en que el Señor le proveería en momentos de peligro y necesidad.
Siempre se inclinó por ir directamente a la gente, a responder a las necesidades de aquellos que habían sido olvidados. Rehusó alinearse con los movimientos políticos populares de la época y fue esto lo que lo llevaría a afrontar muchos momentos difíciles en su vida.
Se convirtió en conocido orador, predicador, y un verdadero siervo de su gente. Y recibió fama como sanador de almas y cuerpos: por sus misiones, sermones, enseñanzas y las obras que escribió para ayudar a los demás. Libros, panfletos, boletines…todos los escribía fácilmente con una extraordinaria habilidad.
Casi cien años más tarde, el Papa Pío XI lo llamaría “el apóstol moderno de la buena prensa”. Había escrito casi doscientos libros, cientos de panfletos y ensayos religiosos de temas variados. Sus seguidores continuarían su misión, conocedores de la importancia de la palabra escrita.
Pero había un precio que pagar por no tomar partido en la política, porque no los apoyaba en sus ideas políticas, sus enemigos buscaron la venganza y lo acusaron falsamente de conspirar con los rebeldes en España un crimen que podría poner fin a sus predicaciones. Para protegerlo, su obispo lo mandó a las Islas Canarias.
Cerca de la costa Africana, a las Islas Canarias se les llama “Las Islas Afortunadas”. Y la presencia de Antonio María Claret en verdad las hizo afortunadas. Claret a menudo tenía que predicar en las plazas porque la gente que lo quería escuchar era demasiada como para acomodarla en las iglesias. Signos extraordinarios acompañaban a sus misiones. Se dijo que una “extraordinaria luz” lo rodeaba cuando celebraba misa.
Despues de una misión excepcional, el obispo del padre Claret escribió: “esta ciudad nunca ha visto algo como esto. Los que eran enemigos ahora están en paz. Los escándalos han terminado. Los matrimonios rotos han sido reparados. Se han hecho restituciones. Nadie puede aguantar el fuego de su predicación, la suavidad de su forma de ser. Todos, incluso los más orgullosos, cayeron a sus pies”.
Durante su estancia en las islas, el padre Claret estableció la Biblioteca Religiosa para publicar y distribuir sus obras literarias y continuó su vida basada en las virtudes de humildad, pobreza, mansedumbre, modestia, mortificación, amor de Dios y amor del prójimo.
Para extender aún más su trabajo para extender su amor en 1849 fundó los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María: los Misioneros Claretianos.
El 11 de agosto de 1849 el padre Claret fue convocado al palacio episcopal y nombrado arzobispo de Santiago de Cuba.
El impacto del arzobispo Claret en Cuba fue poderoso y extenso. Aquí sus talentos de planificación y organización fueron puestos a buen uso. Predicando a grandes masas, bautizando y confirmando cientos de miles, el padre Claret seguía viajando de pueblo en pueblo, visitando todas las parroquias de la diócesis.
Pero conflictos políticos y falsas acusaciones lo acosaron una vez más. Las semillas de la revolución cubana estaban creciendo y el padre Claret rehusó tomar partido en estas batallas políticas. Ignoró las presiones políticas y bendijo miles de bodas interraciales que habían sido prohibidas por la ley cubana. Las autoridades civiles se opusieron a sus acciones y, de nuevo, más falsas acusaciones y presiones políticas se lanzaron contra él. Hubo más mentiras sobre él, más calumnias que afectaron su trabajo misionero.
Aún así el arzobispo Claret persistió en sus misiones, continuando sus buenas obras. Pero sus enemigos eran muy activos en Cuba y el peligro era constante. Un día un hombre se adelantó para besarle el anillo arzobispal pero, en ese momento, sacó una cuchilla y cortó la mejilla izquierda del arzobispo Claret, desde la oreja hasta la barbilla.
Después de su recuperación, Claret recibió una orden real que lo obligaba a volver a España. Su Majestad, la Reina, había elegido al arzobispo Claret como su nuevo Confesor Real y como instructor para su hija, la princesa Isabel, de cinco años de edad. Durante 10 años el arzobispo Claret odió su nombramiento como Confesor Real de Su Majestad la Reina Isabel II. Las telas de colores en la corte real eran preciosas pero él añoraba los hilos más humildes. Deseaba caminar por pueblos y ciudades, predicando, anunciando el Santo Evangelio.
Aunque era Confesor Real de la Reina, el amor del pueblo por él seguía siendo fuerte. Aunque sentía que pasaba mucho tiempo en el palacio, él continuó predicando sermones y salvando vidas. Grandes multitudes lo escuchaban cuando viajaba con la corte Real.
Estableció hospitales, bibliotecas y seminarios. Para 1866 su Casa de Publicaciones Religiosas había publicado cuatro millones de libros y panfletos. Usó su considerable influencia para moldear la iglesia de España, nombrando los mejores obispos posibles. Pero aún así, estaba preocupado. La política en España, la confusión de aquellos años, lo molestaban. Los partidos políticos detestaban su piedad e influencia y dudaban de su neutralidad en cuestiones de estado. Más rumores viciosos y mentiras sobre él aparecían publicados y pasaban de boca en boca.
En 1968, el victorioso partido liberal de España rechazó el derecho de la Reina Isabel de mantener el trono. Leal a su misión a la Reina, el arzobispo Claret, su confesor, huyó con la familia real a Francia para vivir en el exilio. Allí continuó predicando a los exiliados españoles y fundó una asociación para inmigrantes y exiliados.
Pero la prensa española y francesa continuó sus viciosos ataques. Éstos encontraron eco en la prensa alemana e inglesa. De todas formas, Claret siguió predicando sus misiones y escribiendo. Participó activamente en el primer Concilio Vaticano en Roma.
Pero su edad y sus experiencias estaban dejando huella. En cartas a sus amigos les contaba de su decadente salud y de su vida. “Sufro, soy viejo. Me parece que he completado mi misión. He predicado la palabra de Dios”.
En 1870 sufrió un derrame cerebral que lo debilitó. Pero incluso durante su enfermedad sus enemigos no descansaban. Regresó a exiliarse a Francia. Su fina tela estaba tejida. Su manto terminado.
Antonio María Claret pasó toda su vida tejiendo para crear un magnífico tapiz que cubrió continentes y que dio calor a los millones que escucharon sus misiones o leyeron sus palabras o sintieron el impacto de su amor.
Su lápida dice: “Aquí descansa su excelencia, el reverendísimo Antonio María Claret y Clara, arzobispo de Trajanópolis, in partibus indidelium, nativo de España. Murió en el monasterio de Santa María de Fontifroid en la diócesis de Carcasona, Francia, el 24 de octubre del año 1870 a la edad de 62 años”.
Las campanas de la basílica de San Pedro en Roma tañeron cuando Antonio María Claret fue declarado santo el 7 de mayo de 1950. Los hombres que han seguido su senda, los claretianos, han continuado tejiendo el tapiz que él comenzó. |